Pedir ayuda, dejarse ayudar

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Durante las vacaciones no he parado de pensar en que me paso la vida trabajando, andando como loca de recado en recado y perdiendo la paciencia porque los demás no adaptan su ritmo al estrés que yo, irremediablemente y casi sin darme cuenta, he incorporado a mi vida.

A unos nos cuesta más que otros. Los hay que tienen cerca a bastante gente dispuesta a echar una mano y los hay que no tienen a nadie con la suficiente confianza como para tener la certeza de que el cuidado de tu hijo con autismo está más que garantizado y poder así, levantar el pie del acelerador.

Es bueno ser independiente, es bueno saber apañárselas y demostrarlo, pero también lo es dejarse ayudar. Incluso aunque nos estemos organizando tan bien que nos apañemos solos divinamente, saber que contamos con el respaldo de un puñado de personas que tenemos la certeza que estarán a nuestro lado si es preciso, da una seguridad nada despreciable. Todo el mundo sabe ya aquello de que para criar a un niño hace falta toda una tribu, pues para criar a un niño con discapacidad es aún más cierto.

Y dejarse ayudar no tiene únicamente una perspectiva emocional, también todo aquello que nos alivia una intendencia complicada es importante. Esa ayuda puede ser de muchos tipos. Un ejemplo es molestarnos en querer conocer aquello que les dificulta su día para poder echar una mano con los críos en lo que sepamos, quedarse con ellos en casa mientras los demás vamos a hacer la compra con relativa calma y pasamos el momento de colocar la compra en la cinta de caja sin gritar continuamente su nombre acompañado de un ahogado “¡Conmigo!”, que las abuelas se preocupen por cocinar aquellos platos que saben que sus nietos comen sin amago ninguno de arcada o que simplemente te insistan en tomar un café de vez en cuando y una charla con una de esas personas que nos hacen respirar, que nos calman, cicatrizan e iluminan.

Hablar ayuda. Hablar y que nos escuchen ayuda, aunque lo único que recibamos como respuesta sea algo tan sencillo como una sonrisa. Con frecuencia ni siquiera es preciso ese café y esa charla. Con notarlos ahí cerca es suficiente.

Si tienes próximo a alguien con autismo, ofrécete para ayudar de cualquiera de estas maneras. Tu ayuda o simplemente tu cercanía, les hará salir de esa espiral en que a veces nos metemos.

Pedir ayuda, dejarse ayudar.

 

 

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